13 enero 2026, 12:31 PM




La naturaleza interrumpida: un proyecto de corredores verdes para el AMBA

La naturaleza interrumpida: un proyecto de corredores verdes para el AMBA

Por Victoria Anahí Rosas

Si observamos el paisaje del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) -sus autopistas, barrios, urbanizaciones, ríos entubados y costas fragmentadas- descubrimos que la naturaleza no encuentra, casi nunca, un camino continuo. Más que un detalle estético o ambiental, lo que está en juego es la biodiversidad y la calidad de vida de millones de personas.

El territorio metropolitano se fragmenta no sólo por el cemento o el asfalto, sino por límites administrativos: cada municipio planea, dispone y decide por su cuenta. En ese contexto, los corredores ecológicos -esos “puentes verdes” que conectan hábitats, ríos y costas- quedan fuera de toda estrategia común. Pero, ¿Qué significa realmente esa ausencia? Y, lo más importante, ¿Qué perderíamos si no actuamos a tiempo?

Un corredor ecológico no es una reserva aislada, sino una red de territorios conectados: riberas, bosques, humedales, arroyos, parques y espacios verdes urbanos que permiten el desplazamiento de flora y fauna, la mitigación del calor urbano, la absorción de agua de lluvia y la regeneración de ecosistemas. Pueden consistir en estrechas tiras de vegetación, bosques que acompañan los ríos, pasos subterráneos bajo rutas, áreas de cultivo, sectores de vegetación remanente o incluso amplias masas de bosque nativo. Los corredores son zonas que unen dos o más áreas: lo esencial es que permitan la conexión entre sus extremos, evitando que las poblaciones queden aisladas.

En una región como el AMBA los corredores ecológicos pueden ayudar a reducir “islas de calor”, frenar inundaciones, mantener la biodiversidad, y mejorar la calidad del aire y la salud de los barrios. Cuando funcionan, son caminos de aire, agua y vida. Cuando no existen, lo que predomina es la fragmentación, el agotamiento ecológico y la desigualdad ambiental.

Un mosaico político: ¿por qué en el AMBA nunca hubo una política de corredores?

El problema no es técnico ni de voluntad aislada: es de gobernanza. El AMBA está compuesto por decenas de municipios, y además conviven jurisdicciones diferentes: la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la Provincia de Buenos Aires y 40 gobiernos municipales. Esa fragmentación política obstaculiza una visión que contemple al territorio como un ecosistema continuo. Por eso, avanzar en una política de corredores ecológicos requiere una coordinación metropolitana difícil de gestionar.

Cada municipio audita sus necesidades, sus planes urbanísticos y sus prioridades de forma aislada y sin coordinación con los otros. Un barrio puede preservar su arbolado, otro rellenar humedales; uno recuperar el río, otro permitir desarrollos inmobiliarios sobre la costa. El resultado es entonces un paisaje desarticulado, interrumpido y sin una lógica ecológica. Asimismo, lo metropolitano se piensa sobre todo en clave de infraestructura, transporte y servicios urbanos, sin incorporar una visión de la naturaleza como un sistema que también necesita coordinación regional.

El AMBA es la región más densamente urbanizada del país, sin embargo, no tiene una política común de corredores ecológicos. La biodiversidad depende de la conectividad, pero la gestión del territorio depende de 43 jurisdicciones distintas. Si el AMBA quiere pensarse no como un conjunto de municipios aislados, sino como una metrópolis diversa y resiliente, tiene que reconocer su territorio como un ecosistema fragmentado por administraciones políticas. De este modo, podrá transformar esa fragmentación en conectividad: no sólo de calles, autopistas o servicios, sino de naturaleza, ríos, humedales, costas y verde. En ese reto -no menor- reside la oportunidad de construir una región más humana, sostenible y equitativa para hoy y para el futuro.

 

El costo de no tener una política metropolitana de corredores verdes

Sin corredores ecológicos metropolitanos:

  • La biodiversidad urbana declina: aves, mamíferos, anfibios y plantas pierden rutas de migración, reproducción y dispersión.
  • Las consecuencias ambientales y sociales se acrecientan: más calor, menor calidad del aire, menos sombra, menos espacios de recreación verde.
  • Riesgo creciente de inundaciones e impactos por lluvias intensas, por la falta de suelo permeable y espacios de absorción.
  • Inequidad territorial: mientras algunos municipios logran conservar espacios verdes, muchos otros quedan sin parques, costas o arroyos restaurados.
  • Ausencia de una visión metropolitana a largo plazo: cada crisis, ya sea climática, ambiental o social, se combate con parches, en vez de planificación.

Los corredores verdes son infraestructuras vivas capaces de equilibrar el territorio. Permiten que la biodiversidad se mueva, que el agua encuentre caminos seguros para filtrarse, que el aire circule mejor y que las personas tengan espacios continuos para caminar, descansar o desplazarse de forma sostenible. Sin ellos, la región se encuentra más expuesta a las crisis ambientales y con menos herramientas para garantizar calidad de vida y equidad urbana.

No es una utopía

El desafío no es imposible. Existen experiencias en América Latina y el mundo donde la gobernanza metropolitana integra naturaleza y ciudad. Algunas regiones diseñan redes verdes metropolitanas que atraviesan municipios distintos, unificando criterios de conservación, planificación urbana y participación ciudadana. Conviven programas de restauración de riberas, humedales y parques periurbanos que funcionan como pulmones metropolitanos, reduciendo la vulnerabilidad climática y mejorando la calidad de vida.

Estos corredores urbanos funcionan como ejes que combinan restauración ecológica, movilidad sostenible y planificación territorial. No se trata solo de áreas verdes: son senderos seguros, ciclovías, parques lineales que ordenan el crecimiento urbano, riberas recuperadas que reconectan a la ciudad con sus cursos de agua y sistemas de drenaje urbano que retienen, infiltran y conducen el agua. Por lo tanto, los corredores verdes cumplen un doble rol esencial: sostienen la biodiversidad mediante la conectividad ecológica y, al mismo tiempo, reducen vulnerabilidades cotidianas como el calor extremo, las inundaciones, la contaminación o la falta de espacios públicos de calidad. Son piezas de infraestructura verde que mejoran la habitabilidad urbana y permiten que distintas ciudades de una misma región funcionen como un sistema integrado.

Un ejemplo concreto es el Corredor Biológico Mesoamericano, coordinado por la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO) en México. Este corredor conecta varios estados y decenas de municipios del sur mexicano, articulando políticas de conservación, ordenamiento territorial y participación comunitaria. Su objetivo es mantener la conectividad ecológica entre selvas y bosques, restaurar áreas degradadas y promover actividades productivas sostenibles.

A lo largo del proyecto se trabajó junto a miles de comunidades locales para impulsar actividades económicas compatibles con el cuidado del ambiente, como el ecoturismo. La idea detrás de esta estrategia fue impulsar formas de producción que aprovechen la riqueza natural de manera sustentable, de modo que puedan generar trabajo y, al mismo tiempo, ayudar a proteger la biodiversidad.

También se fortaleció el monitoreo y la planificación conjunta entre territorios, demostrando que la cooperación regional puede sostener paisajes continuos más allá de las fronteras municipales. Es una muestra de cómo la cooperación supralocal permite crear redes verdes reales que atraviesan límites administrativos y fortalecen la resiliencia ambiental de toda una región.

Hacia una agenda metropolitana de corredores verdes

El AMBA necesita una hoja de ruta clara. No se trata solo de sumar espacios verdes dispersos, sino de construir una red metropolitana que integre naturaleza, movilidad y resiliencia climática. ¿Qué implica eso en términos de política pública?

Las experiencias de gestión interjurisdiccional en el AMBA muestran que, cuando existe una institución capaz de coordinar políticas a largo plazo, los avances son posibles. Entidades como la Autoridad de Cuenca Matanza Riachuelo (ACUMAR), el Comité de Cuenca del Río Reconquista (COMIREC) y el Comité de Cuenca del Río Luján (COMILU) surgieron justamente porque los problemas ambientales de cada cuenca excedían por completo las fronteras municipales. En todos los casos, la creación de un espacio común de decisión permitió ordenar prioridades, establecer un plan integral y llevar a cabo acciones en conjunto.

A partir de estas experiencias, es posible pensar una agenda concreta para avanzar hacia una política de corredores verdes con anclaje en los sistemas de agua: recuperando riberas, conectando arroyos y vinculando los humedales con los espacios verdes urbanos. Los corredores verdes acuáticos no sólo mejorarían la conectividad ecológica, sino que también permitirían crear parques lineales intermunicipales o ciclovías ribereñas. Recuperar arroyos entubados, abrir canales con infraestructura verde y proteger humedales son medidas que aportarían beneficios ambientales y sociales. Desde esta perspectiva, los corredores no son solo naturaleza: pueden ser movilidad activa, recreación y acceso equitativo al espacio público. Pensarlos como infraestructura urbana y no solo desde lo ambiental es clave para que la región sea más habitable.

Por eso, para sostener esta agenda en el tiempo, la región necesita instituciones capaces de coordinar, financiar y monitorear políticas que atraviesen gobiernos y gestiones. ACUMAR, COMIREC y COMILU mostraron que esa gobernanza es posible: se pueden definir metas comunes, asegurar controles homogéneos y generar proyectos a escala metropolitana. Una política de corredores verdes pensada desde lo acuático podría apoyarse en ese modelo, ampliando su alcance más allá del saneamiento para integrar movilidad sostenible, adaptación climática y planificación ecológica.

La región debe animarse a avanzar hacia una política de corredores verdes. Eso implica acordar prioridades, conectar espacios naturales y sostener políticas que trasciendan las gestiones. El camino hacia un AMBA más verde, más habitable y más justo empieza por planificar juntos.

Fuente: Fundación Metropolitana

Compartir en:

Related Articles

Discapacidad, inclusión laboral y sexualidad: lo que División Palermo interpela desde el humor

Por Natalia Concina La inclusión laboral, la sexualidad de las personas con discapacidad (en particular de las mujeres), la mirada

Violencia de Género en los Medios de Comunicación

Por Milagro Pannunzio El 11 de marzo es el Día Nacional de Lucha contra la Violencia de Género en los

¿Cómo alcanzar el Desarrollo Sustentable? Un recorrido por las escalas de la política ambiental

La agenda ambiental surgió con fuerza en las décadas del ’70 y ’80. Ante el creciente conocimiento acerca del impacto

No comments

Write a comment
No Comments Yet! You can be first to comment this post!

Write a Comment

<