La psicología del grifo: por qué la abundancia de agua en América Latina es un espejismo conductual
Por Sabrina García
Mientras la región alberga un tercio del agua dulce del planeta, millones de ciudadanos enfrentan una escasez severa. Expertos del BID sugieren que la solución no solo está en la infraestructura, sino en entender los “atajos mentales” que nos llevan a desperdiciar el recurso.
El feroz incendio que atraviesa nuestra Patagonia van acompañados de una gran sequía. La falta de nieve en la temporada 2025 imposibilitó la necesidad de los deshielos para cargar fuentes de agua como son los ríos, arroyos y lagunas. En ese contexto, un trabajo de investigación de expertos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) sobre la situación que atraviesa la región en relación a las sequías y el uso consciente del agua nos permite pensar sobre algunos puntos de partida para cuidar el recurso.
Según el informe, América Latina y el Caribe posee aproximadamente el 35% de los recursos hídricos renovables del mundo y recibe el 29% de las precipitaciones globales, a pesar de albergar solo al 10% de la población mundial. En teoría, la disponibilidad per cápita es cuatro veces superior a la media global. Sin embargo, la realidad nos aporta otros datos: 150 millones de personas viven en zonas de escasez severa y 166 millones tienen un acceso limitado al recurso.
Bajo el título ‘Consumo y sostenibilidad del agua: Lecciones de la economía del comportamiento’ el estudio del BID, plantea que el desafío no es solo técnico o de inversión, sino profundamente humano.
La crisis del agua no es solo una preocupación ambiental; es una amenaza directa a la estabilidad económica. En las últimas dos décadas, la región ha sufrido 74 sequías que han generado pérdidas por US$13.000 millones. En países como Colombia, se estima que la escasez podría reducir el PBI entre un 1,56% y un 2,31%.
“Los problemas hídricos también se ven agravados por la contaminación derivada de las actividades humanas e industriales”, destaca el informe y menciona los casos del río Medellín en Colombia, la bahía de Guanabara en Brasil y el río Matanza-Riachuelo en Argentina.
¿Por qué desperdiciamos agua si sabemos que falta?
En ese contexto, el estudio analiza el comportamiento de las personas frente al consumo racional de agua y establece que para la economía tradicional los seres humanos somos “racionales”. Es decir, si el agua sube de precio o escasea, consumiremos menos. En tanto, para la economía del comportamiento nuestra toma de decisiones está plagada de sesgos cognitivos o “atajos mentales”:
- Sesgo del presente: Priorizamos la comodidad inmediata sobre el beneficio futuro. Preferimos el placer de una ducha larga (que consume unos 10 litros por minuto) o dejar el grifo abierto al cepillarnos (perdiendo hasta 15 litros en 2 minutos) frente a la noción abstracta de una sequía futura.
- Sesgo de optimismo: Creemos que la escasez afectará a otros, pero no a nosotros. Quienes viven en zonas con lluvias frecuentes tienden a subestimar el riesgo real y no priorizan la conservación.
- Sesgo del statu quo: Es la resistencia al cambio por mera costumbre. Una familia puede seguir regando el césped por la mañana durante una sequía simplemente porque “así se ha hecho siempre”, a pesar de que hacerlo al atardecer reduce drásticamente la evaporación.
- Sesgo de normalidad: Subestimar la probabilidad de que ocurra un acontecimiento grave porque las personas se han acostumbrado a un largo período de estabilidad o normalidad. Este sesgo lleva a la creencia de que las condiciones actuales continuarán, incluso ante cambios o amena zas significativas.
- Aversión a la pérdida: Percibimos el ahorro de agua como una pérdida de conveniencia o confort, lo que genera resistencia a adoptar medidas sostenibles.
- Heurística de la disponibilidad: Se refiere a un atajo mental en el que las personas toman decisiones basándose en la facilidad con la que recuerdan información relevante. Si las personas no han experimentado personalmente escasez o restricciones, podrían subestimar la probabilidad y el impacto de tales sucesos. Quienes viven en regiones históricamente abundantes en recursos hídricos pueden no percibir la importancia de conservar el agua.
- Efecto de anclaje: Ocurre cuando las personas basan sus decisiones principalmente en la primera información que reciben (el “ancla”), aunque dicha información sea irrelevante o arbitraria. Por ejemplo, los residentes pueden seguir utilizando más agua de la necesaria porque están anclados a sus niveles de consumo previos, registrados durante una época de abundantes lluvias, que eran adecuados en esas condiciones. Este anclaje puede llevar a un uso continuo y elevado, incluso cuando las nuevas recomendaciones sugieren un consumo más eficiente debido a condiciones cambiantes, como una sequía.
- Estereotipos: Creencias generalizadas sobre determinados grupos que influyen en la forma en que las personas perciben a –e interactúan con– los demás, incluidos aspectos como los hábitos de consumo de agua en los hogares. Por ejemplo, la idea de que los propietarios adinerados deben mantener sus jardines bien cuidados, incluso durante las sequías, puede conducir a este grupo a priorizar el riego de sus jardines sobre la conservación del agua.
- Normas sociales: Reglas y expectativas no escritas que guían el comportamiento dentro de una sociedad o grupo. El incumplimiento de estas normas puede generar desaprobación o rechazo de sus pares. Las normas sociales influyen en prácticas como el consumo de agua, la reducción de residuos y la conservación de energía. Por ejemplo, si los individuos observan que la mayoría de sus vecinos utiliza sistemas de ahorro de agua, es más
probable que adopten dichas prácticas - Efecto dotación: Fenómeno psicológico por el que las personas asignan un valor superior a los objetos por el solo hecho de poseerlos. Por ejemplo, una familia puede haber utilizado un tanque de agua durante varios años. A pesar de que con el tiempo haya perdido eficacia y requiera un mantenimiento frecuente, la familia sigue invirtiendo en reparaciones en lugar de plantearse otra solución de almacenamiento de agua. Le da más valor
a ese tanque porque le pertenece. - Sobrecarga cognitiva: Se produce cuando el esfuerzo mental necesario para realizar una tarea supera la capacidad cognitiva de un individuo. Por ejemplo, aunque una persona se proponga ducharse en menos de 10 minutos para ahorrar agua, es probable que durante la ducha su mente se distraiga y pierda la noción del tiempo, consumiendo más agua de la prevista.
“Reconocer estas barreras psicológicas es esencial para desarrollar intervenciones dirigidas a promover prácticas sostenibles. Al identificarlas, las intervenciones pueden adaptarse a las percepciones y motivaciones de las personas, lo que las hace más efectivas a la hora de fomentar cambios de comportamiento a largo plazo”, establece el informe.
El poder de los ‘nudges’ o pequeños empujones
¿Se puede pensar una respuesta de las ciencias que nos permitan cambiar el consumo irracional del agua?. El trabajo de investigación propone que se pueden lograr cambios en el comportamiento de las personas para alcanzar un consumo responsable y brindan como ejemplo algunas experiencias exitosas de ciencias del comportamiento.
“La ciencia del comportamiento ayuda a promover un uso sostenible del agua al abordar cómo las personas y las comunidades gestionan los recursos hídricos”, establece y agrega: “Comprender el comportamiento de los usuarios en contextos de escasez es fundamental, lo que convierte a las estrategias conductuales en una herramienta fundamental para fomentar la conservación del agua”.
En los últimos años, varios países de la región han experimentado estrés hídrico debido a las condiciones derivadas del cambio climático, las sequías y la escasez de agua, entre otras causas. Frente a esta situación, se han implementado diversas estrategias para abordar los desafíos relacionados con la conservación del agua. El informe menciona algunas de las estrategias:
- El experimento de Belén, Costa Rica
En una comunidad donde el consumo era 1,25 veces superior al promedio nacional, se probaron “pegatinas” de colores en las facturas. Aquellos que consumían menos que el promedio recibían una cara sonriente (refuerzo positivo), mientras que los que consumían más recibían una cara de ceño fruncido y consejos prácticos. Esta simple intervención logró una reducción del 4,9% en el consumo.
- La comparación social en Colombia
En un programa que enviaba informes mensuales comparando el consumo del hogar con el de sus “vecinos eficientes”, se logró reducir el uso del agua en un 6,8%. Lo más revelador fue que incluso los hogares que no recibieron el informe directo redujeron su consumo en un 5,8%, demostrando que las normas sociales se contagian.
Hacia una gestión inteligente
El informe concluye que la tecnología y la psicología deben ir de la mano. Si bien los dispositivos de bajo flujo (grifos y duchas eficientes) son fundamentales porque ahorran agua sin esfuerzo del usuario, su impacto se multiplica cuando se combinan con estrategias conductuales.
La lección para los gobiernos de América Latina es clara: cerrar la brecha hídrica no solo requiere tuberías y presas, sino también intervenciones diseñadas para que el ciudadano común, frente al grifo de su casa, elija la sostenibilidad no por obligación, sino por el poder de la información y la norma social.
Fuente: Márquez, K., Ramírez, I., Scartascini, C., & Simpson, J. (2025). Consumo y sostenibilidad del agua: Lecciones de la economía del comportamiento. https://doi.org/10.18235/0013876
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