by Sabrina Garcia | 10 de marzo de 2026 8:30 AM
En el Club San Roque, el municipio de Tigre llevó adelante una jornada especial a través del programa Huella Urbana, donde se dibujó el rostro de Soares junto a la de figuras emblemáticas del deporte como Maradona y Messi. La obra fue realizada por la artista Nora Basilio junto a vecinos y vecinas.
En el marco de los 50 años del asesinato del Padre “Pancho” Soares, el Municipio de Tigre presentó en el Club San Roque un mural en su homenaje. También, se dibujó a Maradona, Messi y el escudo de la institución.
El secretario de Desarrollo Económico y Relaciones con la Comunidad, Emiliano Mansilla, declaró: “Huella Urbana es un programa que hace participar a la comunidad en estos murales, en este caso en homenaje a Pancho Soares. Y también otras figuras populares que viven en el ADN de cada uno de los vecinos. Mejoramos toda la zona para darle un entorno más agradable al lugar. Acá se practica fútbol infantil y otros deportes. Contentos por haber colaborado entre todos”.
El mural en memoria del Padre ‘Pancho’ Soares fue realizado por la artista Nora Basilio, junto a la comunidad a través del programa Huella Urbana.
Nacido en San Pablo, Brasil, el 27 de mayo de 1921, llegó de niño a Buenos Aires. Se formó con los Asuncionistas en Chile y perfeccionó su intelecto estudiando Filosofía y Teología en Francia. En 1963 llegó a la diócesis de San Isidro. Allí, entre San Fernando y Tigre, Pancho decidió que no podía predicar la pobreza desde el privilegio. Se convirtió en un ‘cura obrero’: fue párroco en Nuestra Señora de Carupá, trabajó como empleado en un supermercado y traductor de francés, fue zapatero y armó cooperativas de trabajo (baldosas y plantillas).
Integró el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, y es recordado por recorrer en bicicleta los barrios Villa Adalguiza y Villa Barragán.
Su militancia lo puso bajo la lupa de la inteligencia policial (Dippba) desde 1974. En febrero de 1976, tras el asesinato de la catequista Rosa Casariego y sus compañeros, Pancho denunció a los asesinos con nombre y apellido durante el funeral.
Ocho días después, el 13 de febrero de 1976, una patota del Ejército (Área 410) lo emboscó en su capilla. Una ráfaga de ametralladora terminó con su vida a los 54 años. En el ataque también fue herido de muerte su hermano Arnaldo, quien tenía una discapacidad.
Su asesinato, hoy parte de la megacausa Campo de Mayo, fue el preludio del horror que se institucionalizaría semanas después con el golpe de Estado.
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